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Raúl llevaba horas navegando por Internet. La primera la gastó en encontrar información sobre Alberto y su desaparición. Poca había recopilado, muchos textos repetidos y la misma fotografía que colgaba en el despacho del director.
El niño, de nueve años, había desaparecido al salir del colegio. Despareció camino a casa, un Jueves. La policía no encontró rastros, los periodistas estuvieron un par de días esperando a ver si podían sacar algo más sin resultados. Lo último que se supo del caso fueron unas declaraciones de la pobre madre en un programa de algún canal de televisión.
Abandonó la investigación de la vida de Alberto para investigar la muerte en general. Esa posibilidad era la única que de momento le parecía, por descabellado que fuese, la posibilidad lógica. La muerte, los espíritus, los fantasmas, eran cosas sobre las que se había imaginado demasiado y se había investigado de demasiadas maneras, algunas demasiado ilógicas.
Todo lo que investigó le condujo a una suposición. Los muertos no hablaban con desconocidos si no es que estos fuesen especiales. Si toda esa locura era cierta significaba que él tenía el poder de hablar con los muertos. ¿Eso era cierto? ¿Era eso posible? ¿O quizás eran demasiadas horas delante del ordenador? No, imposible, había visto a Alberto, de eso no existía ninguna duda. Y le había atravesado con un borrador, eso también era cierto.
Se fue a la ducha a que el agua le ayudase a pensar. Todo era demasiado complicado, demasiado irreal, demasiado ilógico para tenerlo en cuenta. El agua caía sobre su cabeza. Raúl cerró los ojos y reprodujo mentalmente la pesadilla vivida por la tarde. Como Alberto, al fin podía ponerle nombre a la pesadilla, se acercó a él sin decir nada. Entonces se dio cuenta de un detalle, Alberto no reaccionó hasta que lo miro más de una vez. Alberto quizás también estaba confundido pero, ¿Por qué no dijo nada?
Esa idea le sacó de la ducha, se secó con la toalla y regresó a su habitación, para volver al ordenador. Recordaba una página que hablaba de ello. Entró en la página, que tuvo que volver a buscar y encontró la información que recordaba, era un relato del siglo XIV, pero era una información a tener en cuenta. Por lo visto los muertos no pueden hablar si su cadáver tenía la boca sellada.¿La boca sellada? Eso era un callejón sin salida. La boca sellada no significaba nada, pero explicaba porque Alberto no dijo nada.
Lo peor de todo es que no sabía si el espíritu de Alberto era un espíritu violento o uno en busca de reposo. Sólo sabía que poseía un poder inquietante y que Alberto estaba muerto. Ahora la duda que tenía era, ¿Debía ayudar a Alberto? y más importante, ¿Podría hacerlo sin sufrir ningún daño?¿o quizás se estaba volviendo loco?
¿Que pasará en el próximo episodio? A la misma Fantasmahora en el mismo Fantasmacanal.