Antes leer la primera parte, mensajes de texto: enviado.
Carmen estaba en la cama. La noche anterior había sido larga. Se sentía extraña. Se había liberado. Tanto tiempo comportándose como una mojigata y la noche anterior, en la que había decidido dejar de ser una buena chica, había sido la mejor de su vida. Se levantó para prepararse un café, necesitaba que la realidad la invadiese, una realidad que esa mañana era especialmente feliz.
Camino a la cocina se giró para volver sobre sus pasos, necesitaba mirar su cama. Una cama que esa mañana aún seguía ocupada a pesar de su ausencia. Una cama en la que la noche anterior se había perdido entre orgasmos y sudor. La cama en la que él dormía. Se sonrojó al darse cuenta de que sólo mirarle ya despertaba en ella la lujuria. Se dirigió a la cocina a por el café para serenarse.
Llegó a la cocina y se sirvió una generosa taza. Lo bebió en la cocina, únicamente acompañada del rubor de sus mejillas, un rubor provocado por los recuerdos de la noche anterior. Cada caricia, cada beso y cada gesto eran recordados con alegría y entusiasmo. Hace una semana no hubiese esperado nada ni remotamente parecido. Ahora tenía que contárselo a María. Fue a por el teléfono.
Entró en la habitación intentando no despertar al hombre que en su cama dormía, contempló el tatuaje de un dragón que le cubría la pierna izquierda, se contuvo las ganas de tocarlo. Le miró de nuevo y sonrió, feliz por la victoria de la noche anterior. Encontró su teléfono debajo de su ropa interior, no quiso, ni supo, recordar como había llegado hasta allí. Lo cogió y se dirigió a la cocina para habar con más calma.
Cuando llegó a la cocina descubrió en la pantalla un mensaje de texto, enviado hacía más de media hora. Lo contestó rápidamente quedando a las cuatro de la tarde. No se dio cuenta de que el hombre con el que había pasado la noche estaba en la misma cocina, mirándolo desnudo con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando le vio se lanzó a sus brazos y le beso. Que pocas ganas tenía de separarse de él.
