Este relato es una continuación de Pesadillas del pasado: Sueños.
El inspector Peña se veía en la complicada tarea de entender los motivos por los que un hombre asesinaba a su hermano y luego se suicidaba saltando delante de un tren de mercancías. Nada tenía sentido en aquellas apartadas vías. Bebió un poco de el café que le acababa de traer un joven policía del que no recordaba el nombre. En las vías aún reposaban pedazos de la víctima.
En su lujoso despacho el doctor López repasaba las anotaciones de las citas que había tenido el día antes. Últimamente su consulta se llenaba más desde que apareció en Internet un artículo que hablaba de sus pioneros métodos para ayudar a la gente.
Leyendo el informe preliminar de la autopsia el inspector Peña se sintió incomodo ante las descripciones del estado del cuerpo de la víctima del tren. Luego repaso el informe del hermano, una única cuchillada en el estómago. La víctima murió desangrada. Su hermano le vio morir.
El doctor López se reclinó en su sillón intentando alejar de su mente tanto trabajo. Llamó a su secretaria y le pidió una taza de té verde. Cogió el diario y empezó a leer las noticias, algunas por encima, otras con más atención. Una noticia le llamó la atención. Cogió el teléfono y se dispuso a llamar.
Lo que más llamaba la atención al inspector era la aparente locura que desarrolló el asesino-suicida. Uno de sus compañeros comentó que hacía un par de semanas que se comportaba de forma extraña. No había duda que había enloquecido. Tenían tantas pruebas en contra que era imposible plantearse que no fuera él. La única pregunta que inquietaba al inspector era ¿Por qué alguien que se llevaba tan bien con su hermano le mataría y luego se suicidaría?
Después de hablar con unos cuantos policías consiguió que le pusieran con el inspector que llevaba el caso, un tal Peña. El doctor le relató al inspector una de sus citas del día anterior. Como era de esperar fue citado en la comisaría para aclarar los hechos.
El inspector se hallaba delante del doctor. Los dos compartían la misma expresión, tristeza. Llevaban cinco minutos en silenció, compartiendo un café de máquina que muchos calificarían de horrible. Por fin el inspector rompió el silencio:
- Quien iba a suponer que era eso…
- Pasa más veces de las que yo querría escuchar – fue la respuesta del doctor.
- Me ha ayudado mucho doctor, a pesar de ser un caso oficialmente cerrado considero los motivos algo muy importante, aunque esta vez…¿Por qué alguien haría algo así? Era de su propia sangre por dios! – la tristeza y la confusión sonaban en la voz del inspector.
- Quisiera tener respuestas a esa pregunta, pero nunca las tengo – hizo una pausa mientras miraba su vaso de plástico, donde el café reposaba casi intacto – nunca entenderé que mueve a la gente a realizar tales aberrantes actos.
- Era su hermano… sólo tenía cinco años – musitó el inspector. – Y usted…¿Escuchó todo el relato? – pregunto compasivo.
- Si. Para mi desgracia desde que salí en un artículo como el mejor psicólogo especialista en Hipnosis de la ciudad muchos vienen a desenterrar recuerdos que más valía tener enterrados.
- Como el de los abusos… – dijo el inspector.
Los dos hombres no se dijeron nada más hasta pasados unos minutos. Compartieron el silencio. Finalmente se dieron la mano y se despidieron. Era evidente que los dos compartían un mismo pensamiento. Fernando no tendría horribles pesadillas nunca más.
