Otro día más acaba. Otro día condenado al infierno. Otro día de rutina maldita, perdido entre sueños, leyendo los mismos libros. Otro día siguiendo vivo. Otra noche para no estarlo.
El sol va desapareciendo por la única fisura del piso, un agujero de bala en los tablones que tapan el balcón del comedor. Un agujero que llena el corazón de pena y la cabeza de malos recuerdos.
Jorge mira el agujero de bala durante largo rato, hasta que la luz deja de entrar por él. En su memoria se agolpan recuerdos de tiempos mejores, las lágrimas brotan de sus ojos otra vez, como cada anochecer desde hace ya demasiado tiempo. Desde la noche que se hizo el agujero. Por un momento el perfume de Andrea regresa a su nariz, pero en realidad es su memoria la que le juega esa mala pasada. El perfume de Andrea no esta, al igual que ella que se fue hace mucho tiempo. Jorge llora otra vez, la soledad es dura.
Cuando todo el piso esta a oscuras, cuando por el agujero de bala no entra nada más que el frescor de la noche, Jorge sabe que el momento de estar alerta ha llegado otra vez. Sus sentidos deben estar preparados para sobrevivir, aunque su corazón no lo desee.
En el exterior del edificio empiezan a oírse los sonidos de las criaturas. Las criaturas que antaño fueron hombres. Las criaturas inmundas que tanto dolor le han traído a Jorge. Los muertos que nunca debieron levantarse. Todo parecía el maldito guión barato de una mala película, pero era demasiado real para reírse.
Las criaturas empiezan con su nocturno ritual, gritan, maldicen y ríen a carcajadas. Sus sonidos llenan la noche desgarrándola, convirtiéndola en suya y advirtiendo a cualquier incauto que se esconda si quiere ver el amanecer. Pero no quedan incautos. Jorge es el último en muchos, muchos quilómetros. Ningún otro ser humano habita ya la ciudad. Quizás ningún otro ser humano habite ya en ningún lugar.
Jorge camina hacía la habitación más pequeña del piso, en silencio, pues nadie tiene con quien hablar. Hace semanas que sólo abre la boca para masticar la poca comida enlatada que le queda. En la pequeña habitación, encima de la cómoda, encuentra su única amiga en estos momentos, una pistola Star PK28 de nueve milímetros. Al lado de la pistola una caja de balas sólo ocupada por cinco proyectiles.
La contempla, mirándola con cierto asco. Fue el arma que mató a Andrea, aunque fue él quien apretó el gatillo. Los recuerdos de la noche en que disparó a Andrea no han dejado de perseguirle. Por más que se repite a si mismo que Andrea no era humana en esos momentos el dolor y la culpa siempre vencen a la razón. Llora de nuevo.
Secándose las lágrimas se sienta en la cama y coloca en el cargador las cinco balas de la caja. Las últimas pues ninguna más queda en toda la casa. Cuando inserta el cargador en la pistola coloca el cañón del arma en el interior de su boca. Cierra los ojos y respira hondo, las lágrimas brotan de sus ojos, llora en silencio. Saca el arma de su boca cuando han pasado unos minutos. Es incapaz de hacerlo. No es como su hermano.
Después de dejar el arma a sus pies pide perdón a su hermano, el anterior dueño del arma. Recuerda como le vio dispararse a la cabeza vestido con el uniforme de policía nacional, recuerda ese día que le hizo comprender que nadie les salvaría de la pesadilla. Permanece en silencio en la habitación, completamente a oscuras.
Un ruido en el balcón sobresalta a Jorge. Parece un golpe, ¿habrá sido el viento o alguno de los infectados? Con el arma en la mano, cargada y lista para disparar, Jorge sale de la habitación, temblando de miedo. No parece existir nada en el comedor, todo esta en silencio. ¿Su imaginación le ha jugado una mala pasada?
Un ruido seco, un golpe en los tablones que se quiebran, son ellos, han hallado algún modo de entrar. Irrumpen en el piso, gritando y aullando, son bestias, no humanos. Rodean a Jorge, se ríen como hienas, son siete los que han entrado, otros miran desde el balcón. Jorge gira sobre si mismo para descubrir que le han rodeado, el pánico le ha parado demasiado tiempo. Hace lo único que puede hacer, siete enemigos, muchos más en el balcón, cinco balas. Cuatro disparos se hacen casi repetidos, haciendo que cuatro cuerpos caigan al suelo, con los cráneos expuestos. La quinta bala la reserva Jorge para si mismo. Pide perdón a Andrea en voz alta y le dice que la quiere. El silencio de la noche se vuelve a interrumpir con un último disparo. Ya no quedan incautos en ningún lugar. Ningún ser humano habita ya la ciudad. Quizás ningún ser humano habita ya en ningún lugar.
