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Archive for the ‘Relatos BDA’ Category

Cabecera Relatos

  1. Capítulo 1
  2. Capítulo 2

Cuando Manuel se encontró con Cristóbal hizo lo que siempre hacía cuando se encontraba con antiguos compañeros de colegio, mentir más que un político en época de elecciones. No podía contar a nadie la terrible verdad, la que hacía que durmiese mal por las noches, la que le obligaba a levantarse temprano cada mañana. Trabajaba de reponedor en un supermercado de barrio a sus treinta y dos años. No había triunfado en la vida, seguía soltero y coleccionaba sobres de azúcar de los diferentes bares que visitaba.

  • Hombre Cristóbal, ¿que te cuentas granujilla? – dijo Manuel con cierta punzada en el estómago.

Después de aguantar como Cristóbal le explicaba su triunfo en la vida, sus dos hijas, su mujer y su trabajo en una importante multinacional holandesa que se dedicaba a la compra de alguna cosa, no había prestado atención pues no le importaba en absoluto, Manuel empezó sus mentiras, elaboradas y perfeccionadas durante largo tiempo. Era profesor en una universidad extranjera y se encontraba de visita. La mentira seguía afirmando que se había licenciado en Harvard, o en Oxford depende del día, en biología espacio molecular, a veces era ciencia del comportamiento biológico y una vez, una que iba demasiado borracho, su licenciatura era cosmología de la biología regenerativa antropomórfica. Todo muy pomposo, como le gustaba a Manuel.

Cuando se separaron, y después de explicar mil mentiras más para impresionar a su compañero, Manuel se sentía feliz, sus mentiras habían funcionado. Cristóbal se sentía apenado, encontrarse a un amigo reponiendo en un supermercado es triste, más cuando este te miente tan descaradamente a pesar de llevar el uniforme del supermercado. Cristóbal no se lo tubo en cuenta, guardó esa anécdota para explicarla en una reunión con sus amigos más tarde, rieron toda la noche. (más…)

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Cabecera Relatos

Capítulo 1


Cuando la chica llamada Estrella, que no siempre había sido una chica ni se había llamado Estrella, entró en el local conocido como “la rosa amarilla”, ya conocéis la razón de que se llame así, lo hizo de la misma manera había venido a este mundo, completamente desnuda. Su físico, envidiable incluso por actrices siliconadas de Hollywood, atrajo de inmediato la atención de muchos hombres del local, lo que disgustó a las chicas ligeras de ropa que la intentaban atraer. Estrella tenía un pelo negro como la más oscura de las noches, unos ojos verdes que podrían hipnotizar a cualquiera y un cuerpo lleno de curvas sin un sólo gramo de grasa. Era físicamente perfecta.

Estrella no sólo logró la atención de los hombres del local, una mujer de unos cincuenta años, de pelo corto y canoso y cuerpo de gimnasio, sin llegar a estar musculado, se acercó a ella con paso rápido y decidido. Vestía con un traje morado, ceñido y escotado, tan escotado que hacía que ningún hombre pudiese mirarla a la cara, ya fuese empresario, obrero de la construcción, de esos que conocen todos los piropos, o cura.

  • ¿Y tu quien narices eres? – preguntó Teresa, que era en realidad la madamme del lugar, a pesar de que ella insistía en que la llamasen directora de operaciones carnales.

  • Me llamo estrella, ¿quien eres tú? – respondió nuestra desnuda protagonista.

  • Soy Teresa y mando en este lugar pequeña, y has conseguido mi atención, ahora vayamos a mi despacho para hablar tranquilamente. – respondió Teresa con un tono dominante.

  • Vale, yo solo quiero ser tu amiga. (más…)

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  • ¡Me sabe la lengua a culo!
  • Eso te pasa por meterla donde no debes
  • Se la veía limpia
  • Es una puta, las putas pueden parecer cualquier cosa, pero en el fondo siempre son putas.

A pesar de lo contundente del comentario Alejandro tenía razón, como mínimo en esos temas siempre tenía razón, no en vano era habitual de cualquier lugar de prostitución que existiese en la zona, clubs de alterne, pisos privados o carreteras secundarias, incluso un garaje donde una morena desdentada ofrecía sus servicios, en los que eran imprescindibles un bote de nata, cinco alfileres y una fregona.

Mario, que era la segunda vez que iba de putas, era un romántico empedernido. Siempre se enamoraba de cualquier mujer que fuese cariñosa con él y accedía a hacer lo que ellas pedían, incluso si era una prostituta que le pedía que pasease su lengua por tan sórdido y oscuro agujero.

Los dos amigos se alejaban del prostíbulo conocido como “la Rosa amarilla”, denominado así dado que la mayoría de sus trabajadoras eran asiáticas, cuando oyeron un extraño ruido, una especie de explosión mezclada con un zumbido. No salieron corriendo como un par de pollos sin cabeza, a pesar de que lo hubiesen deseado. Se giraron para descubrir de dónde había salido tan extraño ruido. A su espalda había un agujero, uno que antes no estaba, uno situado en medio del aparcamiento. Lo más curioso es que en medio del agujero vieron a una chica totalmente desnuda, una que antes tampoco estaba, pues si no estaba el agujero nada podía antes estar en un agujero que no estaba antes. (más…)

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Luces rojas

Cabecera Relatos

Federico, o Fede como lo llamaban sus amigos, estaba disfrutando de una despejada noche en Ámsterdam en compañía de sus amigos, Ernesto y Jorge. El viaje lo habían planeado desde hacía meses y las ganas de fiesta invadían sus cuerpos. El barrio rojo, donde las prostitutas de la ciudad se exhiben en escaparates iluminados por luces rojas, era su actual objetivo. Disfrutar de cuerpos femeninos enfundados en minúsculos trozos de tela era un placer al que no pensaban renunciar, a pesar de ser la tercera noche que paseaban por esas calles, unas calles que en sus mentes se quedarían grabadas por mucho tiempo.

Ernesto, el más osado de los tres, había incluso preguntado a las chicas por los servicios ofrecidos, mientras Fede y Jorge reían nerviosos. No es que quisieran entrar a disfrutar de la compañía de las chicas, pero nunca estaba de más saber como funcionaban las cosas. Quizás si Ernesto hubiese estado sólo se hubiese planteado en serio la posibilidad de entrar a disfrutar de la bella Holandesa, que se presentó a él con el falso nombre de Elena.

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Cartas quemadas

Cabecera RelatosQuerida Julia,

¿Recuerdas la primera vez que nos vimos? Se suponía que tu tenias que ser mi ligue de esa noche, así nos presentó Miguel. Eras amiga de Noelia, que por aquel entonces estaba liada con Miguel. Era simple matemática que teníamos que charlar o algo, pero el destino quiso que tuvieses ojos para Miguel y que éste dejase a Noelia por ti. El destino a veces tiene un agrio sentido del humor.

El tiempo paso, la vida transcurrió y Miguel te dejó, encontró a otra chica a la que seducir, así era él. La vida quiso que nos reencontráramos y que nos conociéramos de verdad, no como aquella noche en la vieja discoteca. Quedábamos, charlábamos y parecía que nos entendíamos. ¿Recuerdas aquella noche? ¿De la que prometimos no volver a hablar? Después de cenar juntos, en el coche, me pediste que te besara y preferí no hacerlo, quise creer que nuestra amistad era pura, que ingenuo era entonces. El destino a veces tiene un agrio sentido del humor.

Dos meses después yo estaba perdidamente enamorado de ti, loco sería algo más correcto. Dejamos de ser amigos un tiempo después, no recuerdo ni el motivo, pero no fue una separación agradable, hubo gritos, discusiones y palabras que prefiero olvidar. Mi corazón se partió y me sentí como un estúpido. A veces el destino tiene un agrio sentido del humor.

No se nada más de ti, pero en estos días me pregunto, ¿como hubiese sido mi vida si esa noche te hubiese besado? ¿Aún estaríamos juntos? ¿Nos habríamos casado? ¿Hubiésemos tenido hijos? La verdad es que me gustaría tener respuesta a estas preguntas, recuperar esas charlas que teníamos. Ahora estoy solo, nadie con quien hablar en esta noche fría y oscura. A veces el destino tiene un agrio sentido del humor.

Lo más triste es que esta carta nunca llegará a ti, la quemaré en el fuego que he encendido para combatir el frío. Me queda poca comida, no se si veré terminarse el invierno. Cada vez es más difícil encontrar alimento desde que empezó esta guerra. Voy a morir solo sin haber tenido oportunidad de amar ni de ser amado. Espero que el fuego haga que mis palabras lleguen a ti, y me recuerdes, que recuerdes lo que pudo ser y no fue. Que recuerdes el beso que nunca te di. El fuego se esta apagando y me quedan cartas por escribir. A veces el destino tiene un agrio sentido del humor.

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En el suelo del salón estaba el manuscrito, solo, abandonado, repudiado por su propietario. Antonio estaba refugiado en la soledad de su habitación, intentando entenderlo imposible de entender. ¿Como era posible que el manuscrito hubiese vuelto? ¿Quien era J. Suárez? ¿Como podía escapar de un destino que parecía inevitable?

Las horas pasaron y por la mente de Antonio mil ideas desfilaron, el suicidio fue la más temible, pero no la única. Pensó en huir del país, irse tan lejos como le permitiesen sus escasos ahorros, tan lejos que nadie le encontraría. También pensó en la posibilidad de añadir nuevas hojas al final, como si fuese todo un sueño, pero la máquina de escribir ya no estaba en su poder. Quizás pudiese no leer el relato para siempre, y cuando notase cerca la muerte leerlo para satisfacer su curiosidad. Quizás, tal vez, en algún lugar, de algún modo…. Antonio decidió tomar la medida más ilógica de todas, la que le condenaría sin ningún lugar a dudas, leer el relato de una vez por todas. (más…)

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Hacía tres días que Antonio no dormía correctamente. Había cogido las veinte páginas decenas de veces, y decenas de veces las había dejado de nuevo en el lugar que ahora ocupaban majestuosamente, la mesita de noche. Antonio se debatía entre la curiosidad y el horror, entre el querer saber y el temer conocer. Las diez páginas que le quedaban por leer eran para él las más temidas pues si realmente cumplían con lo que prometía el título no podían presagiar nada bueno.

Antonio decidió actuar al fin. Sabía que el manuscrito sólo le ocasionaría problemas. Decidió usar la misma solución que aplicó, aquella vez accidentalmente, con su nueva cocina el día que invitó a comer a unos amigos. Decidió quemar el escrito, pues al estar hecho de papel era claro que ardería. Cogió el montón de hojas, las rompió en pedazos y las lanzó a una pequeña cubitera metálica que guardaba para ocasiones especiales, esa era una ocasión muy especial. Un pequeño chorro de alcohol del botiquín y una cerilla encendida que lanzó al interior propiciaron las llamas que quemaban el escrito. Permaneció observando el fuego horas después de que este se hubiese apagado. Se sintió completamente feliz. Esa noche durmió plácidamente.

Por la mañana Antonio se levantó y descubrió, con tremenda satisfacción, que en su mesita de noche no existía nada más que su despertador en forma de pez y la lámpara azul que compró en unos grandes almacenes. Cuando llegó al comedor y descubrió que la cubitera seguía en el mismo sitio y en su interior aún existían los restos quemados de las veinte hojas que tanto había llegado a odiar no pudo evitar reírse de sus temores.

Esa misma tarde Antonio llamó a un buen amigo, que le reprochó no saber nada de él en varios días. Antonio se disculpó y le dio una mala excusa. No le explicó a su amigo, ni a nadie, que había escrito un manuscrito en el que él era el protagonista y parecía sentenciado a morir. Durante los siguientes días Antonio se mostró feliz y incluso recuperó parte de su inspiración, había empezado a escribir de nuevo con muchas ganas y un ímpetu renovado. Parecía que la experiencia le había levantado el ánimo.

Pasados ocho días desde que quemó el texto Antonio se encontraba de nuevo escribiendo, esta vez en su ordenador. La misma mañana que se deshizo de los restos quemados del manuscrito abandonó la máquina de escribir en el contenedor de basura. El timbre le sacó de su inspiración y muy a su pesar se dirigió a abrir la puerta.

En la puerta había un mensajero esperando para entregarle un gran sobre marrón. Antonio firmó el registro y recogió el sobre, creyendo que sería alguna editorial que le devolvía sus relatos. Cuando leyó el remitente se quedó extrañado en un principio, pues era un particular sin dirección, sólo constaba un nombre. No tardó más de dos segundos en recordar la razón por la que el nombre le era familiar. El nombre era J.Suárez, el mismo nombre que figuraba en la portada del manuscrito que quemó días atrás. Antonio ya sabía lo que el sobre contenía. Cuando lo abrió sacó de él un manuscrito bastante usado. Sabía perfectamente que no era posible. Él mismo encendió la cerilla. Él mismo se deshizo de las cenizas. Antonio estaba horrorizado pues, como él temía, tenía en sus manos el mismo manuscrito que había quemado hacía ocho días atrás.

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