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Archive for the ‘Relatos BDA’ Category


Capítulo anterior


La noche paso de extraña manera para Antonio. No pudo apenas conciliar el sueño pensando en el manuscrito que había escrito. No recordaba los detalles del texto, no recordaba el argumento, ni tan siquiera recordaba a ningún protagonista. Todo lo que sabía es que se titulaba “la muerte de Antonio” y eso le perturbaba.

Cuando la luz de la mañana decidió entrar por la ventana Antonio saltó de la cama. Miró el manuscrito que había dejado al lado de la cama, las veinte hojas que no había sido capaz de leer y decidió olvidarlas. Mientras se tomaba un café muy cargado intentaba distraer su mente con las noticias del televisor que le regaló su madre cuando se independizó. En su mente seguía la imagen de la portada del manuscrito. Las veinte páginas que le causaban temor. Finalmente, y con el miedo como único compañero, decidió leerlas.

A las cinco páginas dejó de leer el texto. En su rostro el terror era más que evidente. El manuscrito relataba a la perfección su encuentro con la máquina de escribir, su febril pasión al escribir el relato y su angustia nocturna. El texto también narraba como acabó leyendo cinco hojas de papel y se detuvo presa del pánico. Era demasiado exacto, demasiadas coincidencias para ser una broma o una sugestión. El manuscrito relataba la vida de Antonio desde la compra de la maldita máquina de teclas oxidadas. Lo que más atemorizaba a Antonio era el título de la obra, pues no presagiaba un final digno para el protagonista. (más…)

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Antonio tenía ganas de escribir una historia diferente, pero no se sentía para nada inspirado. Llevaba tiempo escribiendo historias de las que no se sentía orgulloso. Se sentó delante de su portátil a la espera de una nueva idea. Pasaron los minutos y el cursor de la pantalla no dejaba de parpadear sin decirle nada. Antonio se sentía completamente perdido. La musa de la inspiración no parecía dispuesta a visitarle.

Miró por la ventana, a la espera de alguna señal. A la espera de ser espectador de alguna cosa que fuese digna de relatar. El día era demasiado tranquilo. Al final, después de comprobar que en el exterior lucía un clima apetecible, una tarde sin nubes y un sol que calentaba de agradable manera, decidió combatir el vacío mental con un paseo por las calles de su querida ciudad.

El paseo duró más tiempo del esperado, cerca de dos horas que le llevaron desde las calles que más conocía hasta aquellas que le eran totalmente ajenas. Tan desconocida era la calle a la que acabó llegando que tuvo que pararse unos instantes y contemplarla, dado que de alguna manera, sin conocer el motivo exacto, esa calle le resultaba familiar, demasiado familiar. (más…)

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Paloma, la vieja pájara como la llaman algunos, era una mujer de carácter muy introvertido, nunca se relacionaba con los demás pues creía que en ellos nada de interés existía. La única persona en la que confió fue un abogado casado. Eran otros tiempos y ella se dejó llevar por una pasión que le costó la familia, los amigos y, más tarde, la dignidad. Acabó abandonada y malviviendo en la calle, pero eso no la destruyó, para acabar con ella hacía falta mucho más.

Algunas noches Paloma lloraba en el montón de cartones situados en un callejón al que ella llamaba, con cierto cariño, hogar dulce hogar. Lloraba recordando otros tiempos, tiempos mejores en los que conseguir comida era mucho más sencillo, tiempos en los que su cuerpo, marchitado por el tiempo, le servía para seducir a algún desvergonzado que le pagase la comida. No es algo de lo que se enorgulleciese, pero tampoco de lo que se avergonzase. A veces lloraba toda la noche.

Paloma tenía cincuenta y nueve años el día que todo ocurrió. Era una soleada tarde de Agosto y rebuscaba en un contenedor de basura alguna cosa que llevarse a la boca. El desperdicio de unos es el alimento de otros, eso era lo que ella siempre decía. Mientras estaba distraída tratando de conseguirse algo que llevarse a la boca una paloma se posó en el mismo contenedor en el que ella buscaba alimento. Este hecho, normal cualquier otro día, la obligó a dejar de buscar y mirar al pájaro. La rata con alas la miraba fijamente, llamaba así al pájaro pues era el animal que más odiaba de la ciudad, más incluso que a las ratas que la despertaban de noche perseguidas por gatos hambrientos. Paloma no entendía la razón, pero no podía dejar de mirar a la paloma, una paloma que tenía toda la cabeza blanca.

Paloma seguía mirando al pájaro cuando de repente una punzada en su cabeza y un sonido dolorosamente ensordecedor, nublaron el mundo existente a su alrededor. Algo no iba bien, pero Paloma no podía gritar. El contenedor crecía, o al menos esa sensación le dio en un primer instante, poco más tardó en comprender que era ella la que se encogía, la que cambiaba de tamaño para hacerse más y más pequeña. Finalmente todo se oscureció.

Cuando abrió los ojos lentamente, creyendo despertar de un profundo sueño, uno pesado que le costaba recordar. Al abrirlos por completo los abrió aún más, presa de la sorpresa, del pánico y del más absoluto desconcierto. Estaba en la azotea de un edificio. No tenía ni idea de como había llegado hasta ahí. Pronto se percató de más detalles de su entorno, hasta llegar al más horrible de todos. Ella era pequeña, en vez de sus brazos tenía alas, y en vez de pies tenía patas. Su rostro ya no era su rostro y ella, la vieja Paloma, era ahora una auténtica paloma. Una rata con alas, como ella siempre las llamaba.

Paloma no entendió nunca la razón por la que se convirtió en paloma, aunque ciertamente había algo gracioso en este hecho. Vivió feliz, pues la comida no escaseaba nunca. Podía volar hacía donde quería, sin que nadie la juzgase por ello. Paloma por fin dejó de llorar por las noches y, si hubiese podido, le hubiese dado las gracias al responsable de su nueva condición. Pero las palomas no hablan.

Pero Paloma nunca se convirtió en el animal que más odiaba, nunca fue una paloma. En realidad cayó víctima de un infarto cerebral, esa misma tarde de Agosto. Un infarto que le provocó un coma. La encontró una pareja de turistas que se había perdido. Fue un auténtico milagro que siguiera con vida. La llevaron a un hospital que pagó el estado durante los cinco años que permaneció en coma. Durante ese tiempo siempre tubo en los labios una sonrisa, parecía Feliz. Y si alguien cree que murió sola se equivoca, cada día la misma paloma se posaba en la ventana de la enferma. Una paloma que tenía toda la cabeza blanca.

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Querido diario, o sería mejor decir estimado diario? La verdad es que no se que escribir exactamente, esta es la primera vez que escribo un diario. Mi nombre no importa, mi edad y mi profesión tampoco. Solo importan los actos que realizo y como empezaron. Me hago llamar señor A, pero no es ninguna inicial, no significa nada para mi, sólo es la primera letra del abecedario.

He intentado comprar un diario para relatar mis experiencias muchas veces, y al final me he atrevido. Me pregunto las razones por las que escribo en él y sinceramente las desconozco. Quiero creer que en un futuro leeré estas páginas para recordar lo que he hecho, o quizás, si alguien lo encuentra, que sepa todo lo que he hecho y los motivos, pues así quizás logre comprenderme. Pero no empecemos por el final, comencemos por el principio, como debe ser.

Todo empezó hace ya cinco años. Por aquel entonces yo salía con una chica, una rubia presuntuosa que creía ser más lista de lo que demostraba realmente en público. No quiero escribir su nombre, pues no es para nada importante. Si lo era su “inteligencia”, por no decir su estupidez, que me condujo al momento más revelador de toda mi vida.

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Otro día más acaba. Otro día condenado al infierno. Otro día de rutina maldita, perdido entre sueños, leyendo los mismos libros. Otro día siguiendo vivo. Otra noche para no estarlo.

El sol va desapareciendo por la única fisura del piso, un agujero de bala en los tablones que tapan el balcón del comedor. Un agujero que llena el corazón de pena y la cabeza de malos recuerdos.

Jorge mira el agujero de bala durante largo rato, hasta que la luz deja de entrar por él. En su memoria se agolpan recuerdos de tiempos mejores, las lágrimas brotan de sus ojos otra vez, como cada anochecer desde hace ya demasiado tiempo. Desde la noche que se hizo el agujero. Por un momento el perfume de Andrea regresa a su nariz, pero en realidad es su memoria la que le juega esa mala pasada. El perfume de Andrea no esta, al igual que ella que se fue hace mucho tiempo. Jorge llora otra vez, la soledad es dura.

Cuando todo el piso esta a oscuras, cuando por el agujero de bala no entra nada más que el frescor de la noche, Jorge sabe que el momento de estar alerta ha llegado otra vez. Sus sentidos deben estar preparados para sobrevivir, aunque su corazón no lo desee. (más…)

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Oscuridad

Todo esta oscuro. ¿Por que todo esta oscuro? ¿Quién ha apagado la luz? No lo se. Ahora no veo nada. No logro entender que ha sucedido, ahora mi cabeza no recuerda nada. ¿Será que estoy durmiendo? No lo sé.

Intento moverme para saber donde estoy, para saber si estoy bien, pero no soy capaz, no lo logro. Por más que intente moverme nada sucede. Me pasa algo extraño pero sigo sin saber que es, no lo entiendo.

Me acabo de dar cuenta de otra cosa, no tengo frío, no tengo calor. No siento nada en ninguna parte de mi cuerpo, no comprendo que es lo que me sucede, simplemente es como si no existiese, pero existo ya que soy consciente, ¿o me estoy equivocando y no existo?

Aunque lo estoy intentando no recuerdo nada de mi, no se como me llamo, no se si soy hombre o mujer, no se mi edad ni de donde soy, no se nada en absoluto. No saber nada me da mucho miedo. Tampoco puedo hacer nada para mostrar como me siento, no tengo forma de expresarme. Ni siquiera sé si alguien me escucharía en un lugar tan solitario.

Sigo en medio de una inmensa oscuridad que me rodea. No puedo moverme, o quizás no noto que me estoy moviendo. Lo único que ahora mismo puedo afirmar es que no puedo afirmar nada con seguridad. Tampoco se esta tan mal.

Me podría acostumbrar a esta sensación. No se nada, por lo tanto nada me preocupa. No siento nada, por lo que nada me hace daño. No puedo ver, nada hace a mis ojos llorar. No puedo escuchar, ningún grito de odio me puede llegar. La tranquilidad de no ser nada me esta gustando.

¿Que es esa luz? Una luz parece abrirse camino a través de esta oscuridad. Me rodea y de repente me siento mojado. Estoy empapado. Me noto las manos, tengo manos. Me siento los pies y siento todo mi cuerpo, por fin tengo cuerpo.

La luz es más fuerte, me duelen los ojos. ¿Dónde estoy? Lo que veo me asusta, seres gigantes me sacan de donde estaba, me llevan hacía fuera, hace frío y no puedo respirar. Grito, expreso mi ira, me han sacado de mi refugio oscuro y lleno de tranquilidad. Cuando puedo ser conciente de todo me doy cuenta de la realidad, me llevan en brazos de mi madre, acabo de nacer. ¿Tendré motivos para ser feliz o desearé volver al lugar oscuro donde la paz estaba? El tiempo lo dirá.

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Este relato es una continuación de Pesadillas del pasado: Sueños.


El inspector Peña se veía en la complicada tarea de entender los motivos por los que un hombre asesinaba a su hermano y luego se suicidaba saltando delante de un tren de mercancías. Nada tenía sentido en aquellas apartadas vías. Bebió un poco de el café que le acababa de traer un joven policía del que no recordaba el nombre. En las vías aún reposaban pedazos de la víctima.

En su lujoso despacho el doctor López repasaba las anotaciones de las citas que había tenido el día antes. Últimamente su consulta se llenaba más desde que apareció en Internet un artículo que hablaba de sus pioneros métodos para ayudar a la gente.

Leyendo el informe preliminar de la autopsia el inspector Peña se sintió incomodo ante las descripciones del estado del cuerpo de la víctima del tren. Luego repaso el informe del hermano, una única cuchillada en el estómago. La víctima murió desangrada. Su hermano le vio morir.

El doctor López se reclinó en su sillón intentando alejar de su mente tanto trabajo. Llamó a su secretaria y le pidió una taza de té verde. Cogió el diario y empezó a leer las noticias, algunas por encima, otras con más atención. Una noticia le llamó la atención. Cogió el teléfono y se dispuso a llamar.

Lo que más llamaba la atención al inspector era la aparente locura que desarrolló el asesino-suicida. Uno de sus compañeros comentó que hacía un par de semanas que se comportaba de forma extraña. No había duda que había enloquecido. Tenían tantas pruebas en contra que era imposible plantearse que no fuera él. La única pregunta que inquietaba al inspector era ¿Por qué alguien que se llevaba tan bien con su hermano le mataría y luego se suicidaría?

Después de hablar con unos cuantos policías consiguió que le pusieran con el inspector que llevaba el caso, un tal Peña. El doctor le relató al inspector una de sus citas del día anterior. Como era de esperar fue citado en la comisaría para aclarar los hechos.

El inspector se hallaba delante del doctor. Los dos compartían la misma expresión, tristeza. Llevaban cinco minutos en silenció, compartiendo un café de máquina que muchos calificarían de horrible. Por fin el inspector rompió el silencio:

  • Quien iba a suponer que era eso…
  • Pasa más veces de las que yo querría escuchar – fue la respuesta del doctor.
  • Me ha ayudado mucho doctor, a pesar de ser un caso oficialmente cerrado considero los motivos algo muy importante, aunque esta vez…¿Por qué alguien haría algo así? Era de su propia sangre por dios! – la tristeza y la confusión sonaban en la voz del inspector.
  • Quisiera tener respuestas a esa pregunta, pero nunca las tengo – hizo una pausa mientras miraba su vaso de plástico, donde el café reposaba casi intacto – nunca entenderé que mueve a la gente a realizar tales aberrantes actos.
  • Era su hermano… sólo tenía cinco años – musitó el inspector. – Y usted…¿Escuchó todo el relato? – pregunto compasivo.
  • Si. Para mi desgracia desde que salí en un artículo como el mejor psicólogo especialista en Hipnosis de la ciudad muchos vienen a desenterrar recuerdos que más valía tener enterrados.
  • Como el de los abusos… – dijo el inspector.

Los dos hombres no se dijeron nada más hasta pasados unos minutos. Compartieron el silencio. Finalmente se dieron la mano y se despidieron. Era evidente que los dos compartían un mismo pensamiento. Fernando no tendría horribles pesadillas nunca más.

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