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Posts Tagged ‘Encerrado’

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Capítulos anteriores:

  1. Castigo
  2. Despacho
  3. Habitación
  4. Aula

Raúl estaba de pie delante de la tumba de Alberto. El funeral se había celebrado hacía ya más de tres semanas. Asistió como invitado de honor, pues fue él quien halló el cuerpo. Recordó como la madre le agradeció poner fin a su incertidumbre, aunque fuese con ese triste desenlace. Raúl advirtió en su mirada serenidad y paz, algo que le reconfortó. Ahora, pasado el tiempo, se hallaba delante de la tumba con un periódico entre las manos y una sonrisa en sus labios.

  • Le han atrapado Alberto, tienen al que… al que te mató – La voz de Raúl luchaba por no quebrarse.

Raúl relató a su amigo como la policía encontró pruebas muy concretas en la falsa pared donde le encontraron. En el artículo lo explicaban todo, al final gracias a que el asesino fue descuidado pudieron atraparle. Omitió durante la explicación a su amigo que atraparon a su asesino porque este no usó preservativos durante los abusos. Quiso olvidar esa parte que había hecho sufrir a Alberto, como si así pudiese mitigar el dolor. Una vez recuperada la serenidad le contó como la policía había detenido a un obrero que trabajaba en la ampliación de la sala de profesores. No había ninguna duda, incluso el obrero confesó. Su asesino no le haría daño a nadie más.

Raúl salió del cementerio satisfecho y apenado a la vez. No pudo hacer nada por evitar la muerte de Alberto, pero pudo hacer algo por los que atrás se quedaron. Ahora se le planteaban nuevas dudas, ¿Su poder era temporal?¿Le escogió Alberto por alguna razón especial? Estas dudas le inquietaban demasiado.

Subió a su ciclomotor para dirigirse al centro, tenía una cita con Sandra, lo de salir en televisión le había hecho muy popular. Incluso Gerardo se había disculpado ante él y mostrado amigable. Tendría tiempo a resolver sus dudas más adelante, ahora tenía una cita con la chica que le gustaba.

Raúl notó como los pelos de su nuca se erizaron de una manera que ya había aprendido a conocer. Cuando miró a su izquierda vio, en mitad de la carretera, a una chica de unos veinte años, con unos inexpresivos ojos azules, mirándole fijamente. Un coche fúnebre salió del cementerio y atravesó a la chica. Raúl cogió el móvil y llamó a Sandra para decirle que llegaría un poco tarde. Tenía trabajo que hacer.

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Encerrado (IV): Aula

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Capítulos anteriores:

  1. Castigo
  2. Despacho
  3. Habitación

Raúl pasó toda la mañana perdido en sus pensamientos. No habló con nadie del tema que daba vueltas en su cabeza, aunque tampoco habló con nadie de nada. Se limitó a estar durante toda la mañana en las clases que le tocaban. Incluso cuando el director le llamó de nuevo se excusó por su comportamiento, fingió sentirse mejor y agradeció al director su preocupación, aunque este no parecía satisfecho con sus respuestas. No podía explicarle a nadie lo que creía sin que le tomasen por loco.Las clases acabaron y el momento esperado por Raúl llegó. Volvería al aula de castigo, a encontrarse con Alberto y resolver sus dudas. A averiguar si podía ayudar a Alberto y si este se dejaría ayudar o le lastimaría. Raúl estaba lleno de dudas, pero incomprensiblemente para él la serenidad le llegó cuando entró en el aula de castigo.La profesora le miro con cara de evidente enfado. Raúl supuso que lo que ella presenció la tarde anterior la había vuelto recelosa. Raúl la saludó con una tímida sonrisa:

  • Buenas tardes señorita – dijo en un tono muy bajo, pero suficiente alto para que la profesora le escuchara
  • Buenas tardes Raúl. Espero que estés mejor y no repitas lo de ayer – le dijo con un evidente tono de enfado.
  • Descuide señorita, algo me sentó mal durante la comida.
  • ¿Y que hay del niño que decías ver?
  • Supongo que creí ver cosas porque me encontraba mal. Lamento lo ocurrido señorita. – Raúl realmente lamentaba lo ocurrido, aunque no fuera por culpa de encontrarse mal.

La profesora no respondió, se limitó a mirarlo con una cara de aprobación, aunque no de satisfacción. Raúl se sentó en el mismo pupitre del día anterior. Esperaba que la suerte hiciese acto de presencia, que la profesora tuviese que marcharse para poder quedarse solo y así investigar. No ocurrió nada durante cincuenta minutos.

La profesora salió del aula justo después de decirle a Raúl que volvería enseguida. Cerró la única puerta con llave. Esta vez Raúl no tenía miedo. Esperó en silencio. En su nuca los cabellos se erizaron. Era el momento. Al girarse vio a Alberto de pie, mirándolo con el mismo rostro de ayer, la boca entreabierta, la cara levemente torcida a un lado, los ojos vacíos. Raúl inspiró hondo:

  • Hola Alberto, Mi nombre es Raúl.

En esos momentos se sintió tremendamente estúpido. Alberto no contestaba. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo hablar con un muerto que no puede responder? No había meditado esas preguntas, no tenía respuestas para ellas. Simplemente se hallaba de pie, delante de un muerto, o eso creía, esperando que este le diese alguna pista de que hacer.

Alberto abrió la boca, parecía intentar hablar, pero de su boca no salía sonido alguno. La cerró al darse cuenta que no serviría intentar hablar. Se giró hacia una de las paredes del aula, la que habían restaurado cuando ampliaron la sala de profesores, y caminó hasta parar delante de ella.

Raúl vio como el espíritu del niño caminaba hacía una pared para parar delante de ella. Acto seguido se giró hacía él y le miró. Miró a la pared y de nuevo a Raúl por dos veces más. Le estaba indicando algo. El espíritu se perdió en la pared. Le acababa de marcar algo, pero Raúl no sabía exactamente que.

Alberto reapareció a través de la pared y miró fijamente a Raúl. Su expresividad era total. No decía nada. Estuvo quieto durante un largo rato. Raúl habló al fin:

  • ¿Qué intentas enseñarme? ¿Que quieres que haga en esa pared?¿O es el despacho de profesores lo que me intentas enseñar? – dijo Raúl totalmente confundido.

Del rostro de Raúl volvieron a brotar lágrimas. Estaba desesperado e intuía que tenía poco tiempo, la profesora no tardaría en volver. Tenía que hacer algo y tenía que hacerlo deprisa, pero no sabía como actuar. Al menos el espíritu parecía no querer hacerle daño. Una idea cruzó su mente:

  • Ahora lo entiendo Alberto, ¿Eres tú el que estás en la pared verdad?

Alberto le miró y, por primera vez desde que Raúl le conocía, sonrió. Para Raúl no hizo falta más prueba. Cogió una silla y la lanzó contra la pared, con la esperanza de abrir un agujero. Al tercer golpe consiguió abrir un boquete y encontró un esqueleto, amordazado y con las manos atadas, oculto en la pared. Cuando quiso mirar a Alberto este ya no estaba y Raúl sintió una oleada de agradecimiento en su interior.

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Capítulos anteriores:

  1. Castigo
  2. Despacho

Raúl llevaba horas navegando por Internet. La primera la gastó en encontrar información sobre Alberto y su desaparición. Poca había recopilado, muchos textos repetidos y la misma fotografía que colgaba en el despacho del director.

El niño, de nueve años, había desaparecido al salir del colegio. Despareció camino a casa, un Jueves. La policía no encontró rastros, los periodistas estuvieron un par de días esperando a ver si podían sacar algo más sin resultados. Lo último que se supo del caso fueron unas declaraciones de la pobre madre en un programa de algún canal de televisión.

Abandonó la investigación de la vida de Alberto para investigar la muerte en general. Esa posibilidad era la única que de momento le parecía, por descabellado que fuese, la posibilidad lógica. La muerte, los espíritus, los fantasmas, eran cosas sobre las que se había imaginado demasiado y se había investigado de demasiadas maneras, algunas demasiado ilógicas.

Todo lo que investigó le condujo a una suposición. Los muertos no hablaban con desconocidos si no es que estos fuesen especiales. Si toda esa locura era cierta significaba que él tenía el poder de hablar con los muertos. ¿Eso era cierto? ¿Era eso posible? ¿O quizás eran demasiadas horas delante del ordenador? No, imposible, había visto a Alberto, de eso no existía ninguna duda. Y le había atravesado con un borrador, eso también era cierto.

Se fue a la ducha a que el agua le ayudase a pensar. Todo era demasiado complicado, demasiado irreal, demasiado ilógico para tenerlo en cuenta. El agua caía sobre su cabeza. Raúl cerró los ojos y reprodujo mentalmente la pesadilla vivida por la tarde. Como Alberto, al fin podía ponerle nombre a la pesadilla, se acercó a él sin decir nada. Entonces se dio cuenta de un detalle, Alberto no reaccionó hasta que lo miro más de una vez. Alberto quizás también estaba confundido pero, ¿Por qué no dijo nada?

Esa idea le sacó de la ducha, se secó con la toalla y regresó a su habitación, para volver al ordenador. Recordaba una página que hablaba de ello. Entró en la página, que tuvo que volver a buscar y encontró la información que recordaba, era un relato del siglo XIV, pero era una información a tener en cuenta. Por lo visto los muertos no pueden hablar si su cadáver tenía la boca sellada.¿La boca sellada? Eso era un callejón sin salida. La boca sellada no significaba nada, pero explicaba porque Alberto no dijo nada.

Lo peor de todo es que no sabía si el espíritu de Alberto era un espíritu violento o uno en busca de reposo. Sólo sabía que poseía un poder inquietante y que Alberto estaba muerto. Ahora la duda que tenía era, ¿Debía ayudar a Alberto? y más importante, ¿Podría hacerlo sin sufrir ningún daño?¿o quizás se estaba volviendo loco?

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Antes de leer este relato se debe leer el capítulo anterior.


Raúl tenía aún los ojos rojos. La cara estaba totalmente bañada en lágrimas. Su camiseta empapada, haciendo que se le pegase al cuerpo y le diese frío. Su pantalones no ayudaban a su bienestar con la reciente mancha de orín. Se sentía muy pequeño en el despacho del director, pero a la vez se sentía más seguro que en el aula.El director, un hombre de unos cuarenta años, le miraba con evidente preocupación. Rascaba su barba poblada, por la cual se había ganado el nada cariñoso sobrenombre de cavernícola entre el alumnado. No entendía como un brillante alumno podía echarse a perder en menos de dos semanas. Finalmente le preguntó a Raúl que le sucedía.Raúl permanecía con la mirada perdida, intentando, sin lograrlo, encajar en su mente las piezas. Ese niño le resultaba familiar, y el borrador le había atravesado. No dijo ninguna palabra. Desapareció. Algo no era lógico. No oyó al director hasta la cuarta vez que éste le llamó por su nombre completo:

  • Raúl Sanchez Márquez! ¿quieres hacer el favor de escucharme? – No había cólera en su grito, solo desesperación y total preocupación.

El director no sabía que hacer. Uno de sus alumnos, que jamás había dado problemas, se había puesto histérico en el aula de castigo, hasta el punto de orinarse encima. Estaba claro que las cosas no parecían mejorar en ese colegio. Su memoria se perdió un instante en aquellos días de seis meses atrás. Sacudió su cabeza, alejando esos recuerdos para centrarse en el joven que se hallaba perdido ante sus ojos. (más…)

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Encerrado (I): Castigo

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Hacía demasiado tiempo que tenía este relato en el tintero. Es un cambio de lo que suelo hacer, pues este relato son varias partes, continua la trama y se centra en un personaje, sin perspectivas. Espero que os guste.


Raúl se sentía como un completo estúpido delante de aquella puerta de madera. Había caído en el sucio juego de Gerardo y le habían castigado a él a quedarse después de clase. Era un castigo injusto, Gerardo era el único culpable, aunque no había quedado totalmente impune. Ahora le tocaba a él afrontar el castigo y soportar las burlas. Todo por una chica. Una chica llamada Sandra.

Raúl recordó como Gerardo le envió falsas notas haciéndose pasar por ella. Recordó como las respondió incrédulo en un principio. Las notas fueron subiendo de tono y, a sus quince años con inquietas hormonas, no pudo evitar caer de cuatro patas en tan simple plan. Se declaró a través de una carta que, casualmente, cayó en las manos del profesor. El profesor la leyó en voz alta consiguiendo las risas de toda la clase. La mirada de Gerardo y, sobretodo, que le guiñara el ojo, desquiciaron a Raúl por completo. Saló por encima del pupitre y golpeó a Gerardo con todas sus fuerzas. Gerardo sangró un poco, Raúl fue castigado.

Finalmente, y después de coger fuerzas, Raúl entró el aula de castigo cruzando la puerta. Nunca le habían castigado y cruzar aquel marco le produjo una extraña sensación, el vello de su nuca se lo hizo saber.

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