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Posts Tagged ‘teclas oxidadas’


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En el suelo del salón estaba el manuscrito, solo, abandonado, repudiado por su propietario. Antonio estaba refugiado en la soledad de su habitación, intentando entenderlo imposible de entender. ¿Como era posible que el manuscrito hubiese vuelto? ¿Quien era J. Suárez? ¿Como podía escapar de un destino que parecía inevitable?

Las horas pasaron y por la mente de Antonio mil ideas desfilaron, el suicidio fue la más temible, pero no la única. Pensó en huir del país, irse tan lejos como le permitiesen sus escasos ahorros, tan lejos que nadie le encontraría. También pensó en la posibilidad de añadir nuevas hojas al final, como si fuese todo un sueño, pero la máquina de escribir ya no estaba en su poder. Quizás pudiese no leer el relato para siempre, y cuando notase cerca la muerte leerlo para satisfacer su curiosidad. Quizás, tal vez, en algún lugar, de algún modo…. Antonio decidió tomar la medida más ilógica de todas, la que le condenaría sin ningún lugar a dudas, leer el relato de una vez por todas. (más…)

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Hacía tres días que Antonio no dormía correctamente. Había cogido las veinte páginas decenas de veces, y decenas de veces las había dejado de nuevo en el lugar que ahora ocupaban majestuosamente, la mesita de noche. Antonio se debatía entre la curiosidad y el horror, entre el querer saber y el temer conocer. Las diez páginas que le quedaban por leer eran para él las más temidas pues si realmente cumplían con lo que prometía el título no podían presagiar nada bueno.

Antonio decidió actuar al fin. Sabía que el manuscrito sólo le ocasionaría problemas. Decidió usar la misma solución que aplicó, aquella vez accidentalmente, con su nueva cocina el día que invitó a comer a unos amigos. Decidió quemar el escrito, pues al estar hecho de papel era claro que ardería. Cogió el montón de hojas, las rompió en pedazos y las lanzó a una pequeña cubitera metálica que guardaba para ocasiones especiales, esa era una ocasión muy especial. Un pequeño chorro de alcohol del botiquín y una cerilla encendida que lanzó al interior propiciaron las llamas que quemaban el escrito. Permaneció observando el fuego horas después de que este se hubiese apagado. Se sintió completamente feliz. Esa noche durmió plácidamente.

Por la mañana Antonio se levantó y descubrió, con tremenda satisfacción, que en su mesita de noche no existía nada más que su despertador en forma de pez y la lámpara azul que compró en unos grandes almacenes. Cuando llegó al comedor y descubrió que la cubitera seguía en el mismo sitio y en su interior aún existían los restos quemados de las veinte hojas que tanto había llegado a odiar no pudo evitar reírse de sus temores.

Esa misma tarde Antonio llamó a un buen amigo, que le reprochó no saber nada de él en varios días. Antonio se disculpó y le dio una mala excusa. No le explicó a su amigo, ni a nadie, que había escrito un manuscrito en el que él era el protagonista y parecía sentenciado a morir. Durante los siguientes días Antonio se mostró feliz y incluso recuperó parte de su inspiración, había empezado a escribir de nuevo con muchas ganas y un ímpetu renovado. Parecía que la experiencia le había levantado el ánimo.

Pasados ocho días desde que quemó el texto Antonio se encontraba de nuevo escribiendo, esta vez en su ordenador. La misma mañana que se deshizo de los restos quemados del manuscrito abandonó la máquina de escribir en el contenedor de basura. El timbre le sacó de su inspiración y muy a su pesar se dirigió a abrir la puerta.

En la puerta había un mensajero esperando para entregarle un gran sobre marrón. Antonio firmó el registro y recogió el sobre, creyendo que sería alguna editorial que le devolvía sus relatos. Cuando leyó el remitente se quedó extrañado en un principio, pues era un particular sin dirección, sólo constaba un nombre. No tardó más de dos segundos en recordar la razón por la que el nombre le era familiar. El nombre era J.Suárez, el mismo nombre que figuraba en la portada del manuscrito que quemó días atrás. Antonio ya sabía lo que el sobre contenía. Cuando lo abrió sacó de él un manuscrito bastante usado. Sabía perfectamente que no era posible. Él mismo encendió la cerilla. Él mismo se deshizo de las cenizas. Antonio estaba horrorizado pues, como él temía, tenía en sus manos el mismo manuscrito que había quemado hacía ocho días atrás.

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La noche paso de extraña manera para Antonio. No pudo apenas conciliar el sueño pensando en el manuscrito que había escrito. No recordaba los detalles del texto, no recordaba el argumento, ni tan siquiera recordaba a ningún protagonista. Todo lo que sabía es que se titulaba “la muerte de Antonio” y eso le perturbaba.

Cuando la luz de la mañana decidió entrar por la ventana Antonio saltó de la cama. Miró el manuscrito que había dejado al lado de la cama, las veinte hojas que no había sido capaz de leer y decidió olvidarlas. Mientras se tomaba un café muy cargado intentaba distraer su mente con las noticias del televisor que le regaló su madre cuando se independizó. En su mente seguía la imagen de la portada del manuscrito. Las veinte páginas que le causaban temor. Finalmente, y con el miedo como único compañero, decidió leerlas.

A las cinco páginas dejó de leer el texto. En su rostro el terror era más que evidente. El manuscrito relataba a la perfección su encuentro con la máquina de escribir, su febril pasión al escribir el relato y su angustia nocturna. El texto también narraba como acabó leyendo cinco hojas de papel y se detuvo presa del pánico. Era demasiado exacto, demasiadas coincidencias para ser una broma o una sugestión. El manuscrito relataba la vida de Antonio desde la compra de la maldita máquina de teclas oxidadas. Lo que más atemorizaba a Antonio era el título de la obra, pues no presagiaba un final digno para el protagonista. (más…)

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Antonio tenía ganas de escribir una historia diferente, pero no se sentía para nada inspirado. Llevaba tiempo escribiendo historias de las que no se sentía orgulloso. Se sentó delante de su portátil a la espera de una nueva idea. Pasaron los minutos y el cursor de la pantalla no dejaba de parpadear sin decirle nada. Antonio se sentía completamente perdido. La musa de la inspiración no parecía dispuesta a visitarle.

Miró por la ventana, a la espera de alguna señal. A la espera de ser espectador de alguna cosa que fuese digna de relatar. El día era demasiado tranquilo. Al final, después de comprobar que en el exterior lucía un clima apetecible, una tarde sin nubes y un sol que calentaba de agradable manera, decidió combatir el vacío mental con un paseo por las calles de su querida ciudad.

El paseo duró más tiempo del esperado, cerca de dos horas que le llevaron desde las calles que más conocía hasta aquellas que le eran totalmente ajenas. Tan desconocida era la calle a la que acabó llegando que tuvo que pararse unos instantes y contemplarla, dado que de alguna manera, sin conocer el motivo exacto, esa calle le resultaba familiar, demasiado familiar. (más…)

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